COMENTARIO SOBRE EL LIBRO POEMAS DE LA LUZ Y DE LA BRUMA

COMENTARIO SOBRE EL LIBRO POEMAS DE LA LUZ Y DE LA BRUMA, DE MARÍA CRISTINA SANTIAGO.

Ana María Serra (Prof. U.N.L.P)

Cuando Cristina Daniele mi invitó a comentar el libro de María Cristina Santiago, sentí una gran alegría y a la vez un gran honor. Admiro a esta poeta; sus textos son muy profundos, filosóficos y a la vez sobrios, con la elegancia que concede la sencillez, sin soberbia, sin pedantería.

En el título de este poemario, Poemas de la luz y de la bruma, encontramos hermanada una oposición: “la luz y la bruma”. Pero no es una oposición tajante; la luz es vida, la bruma es la niebla que se levanta sobre el mar y que produce un estado de confusión, no es la ausencia de luz, que a mi entender significa la muerte. Entonces, como lectora, deduzco que me encontraré con poemas que me hablen sobre diferentes estados de ánimo que toda persona transita en su existencia.

El libro se abre con un epígrafe que cita a Friedrich Schiller, poeta alemán y uno de los iniciadores del movimiento romántico y que dice: “Si a través de tus acciones y de tus obras de arte no consigues complacer a todos, conténtate. Complacer a muchos es algo grave”

Estas palabras anticipan el toque de ironía que hay en algunos poemas.

Advertimos que el texto ha sido dividido en seis partes, cada una con un título: I. Geometrías// Traducir la geometría, II. Evolución, III Los trabajos y los días (al igual que el poeta griego Hesíodo, del siglo VIII a.C, titulara a su libro, un poema didáctico sobre la agricultura y la navegación), IV. Cotidianas, V. Los hábitos terrestres//Hábitos terrestres, VI .Ejercicios para piano.

El tema de la mujer opera como eje que entrelaza los poemas.

*La mujer como poeta, como madre, como amiga, como hija. La mujer a través del tiempo, de los lugares.

*La mujer representada en las culturas de la antigüedad, la Venus de Willendorf, en el poema “Transformaciones”, como el símbolo de la fertilidad; o aquella que da su vida para educar a las niñas y ayudar a los menesterosos de la India, “Nivedita”, cuyo nombre significa “dedicado a Dios”.

*Por oposición, la mujer -objeto por parte de su propio marido, el famoso escritor Scott Fitzgerald – en el poema“Zelda”-, quien vivió en una época en la que todavía se sometía al mandato del hombre, por ello Zelda dejó su carrera de bailarina clásica y permitió que Fitzgerald se apropiara de su personalidad para plasmarla como personaje de sus novelas.

*La mujer madre de hijos varones y de hijas mujeres, con el consiguiente conflicto generacional que implica pertenecer al mismo sexo; si bien en el momento de la discusión la hija puede herir con sus palabras, la madre siempre olvida.

*La mujer viajera, que se nutre del paisaje y percibe la eternidad a través de la figura de una vicuña, y aquella que encuentra su origen en tierras remotas, cuando ve a un niño pescador y sabe que el pez será soltado para que siga grácil su propio ritmo, así como la madre deberá dejar que el hijo continúe su camino.

 

*Y aquella mujer que se identifica con las trabajadoras de otra época y aprovecha para recordarnos al poeta John Keats, ya que el amarillo como centro cenital de una jugosa naranja, le otorga la luminosidad para su creación al mismo tiempo que simboliza la portación del fruto, de la vida; no importa el tiempo transcurrido, es inútil su medición, porque el alma femenina permanece intacta a través de los siglos.

*Encontré en mi lectura a la mujer que debe lidiar con su soledad cotidiana porque ya está en los límites de la vejez y sin embargo siente en la paz de su casa la conjunción entre la tierra y el cielo; la que se da cuenta de que el paso del tiempo no importa si los recuerdos mantienen intactos los sentidos de la niñez, esos que le dan perfume, color, sabor y sonido a la vida.

*Y por sobre todo, la mujer creadora, que trabaja todos los días con la búsqueda incesante de la palabra. Cada día, no importa la edad (y aquí encontramos el excelente recurso de la ironía), porque el transcurso del tiempo es el que brinda mayor sed de sabiduría, que se logra con el estudio –porque el arte verdadero tiene la exactitud de la matemática- y la experiencia de vida. Por eso, lo dice la poeta, “a mi edad”, se logra en cada despertar la ocasión para asumir el riesgo de la creación poética.

Y considera que su espíritu está “en el centro justo”, no siente sed por primera vez en años, es decir, su vida está en paz porque ha logrado una conjunción con la voluntad del saber que le confieren los años vividos. El tiempo, como siempre, opera como un recurso de sabiduría. La vida recomienza cada mañana con los pequeños ritos; la noche es mágica, pero en la mañana el yo poético es un dios que crea su mundo.

De ahí que no se resigne a la hoja en blanco, como así lo expresa en su poema “Manuscrito”, sino que derrama en ella sus versos como gotas de miel y percibe que su vida la ha enriquecido para encontrar cada día motivos para escribir.