José Bianco, un grande injustamente olvidado

José Bianco, un grande injustamente olvidado

Por Cristina Daniele

Periodista, traductor, escritor, José Bianco se destaca por ser el autor de una obra de ficción que, aún hoy, no recibió el reconocimiento que merece. Aprovechemos la reciente reedición de sus libros para acercarnos a este gran escritor.

“Simplicidad que es una complejidad”

El título son palabras de Octavio Paz, este concepto sale de la correspondencia con su amigo Bianco: “Querido Pepe: (…) Leerte es siempre un placer. A veces me irritas y, una vez desahogada mi cólera, me encuentro ridículo y engreído. Si te quejas, lo haces con elegancia. Hay una raza (espiritual) a la que tú perteneces. No sé cómo definirla, es algo más fácil de sentir que de decir. Un tono -iba a decir unas maneras-, un temple, una simplicidad que es una complejidad, una familiaridad que jamás degenera en promiscuidad o complicidad. Queda poca gente como tú en este mundo de pop art, pintura “informal”, poetas comunistas o neodadaístas y erotismo sin secreto”.

Bioy, Silvina Ocampo, Borges, Cortázar, Juan José Hernández, Octavio paz, fueron sus amigos: “Siempre he tenido veneración por Borges, siempre. En ese sentido soy muy afortunado porque no solamente lo conozco a Borges como escritor sino como persona. Como persona lo quiero muchísimo. Y creo que él me estima también, yo no sé si me quiere, pero es muy cariñoso conmigo. Siempre me pareció un gran, gran escritor. Uno de los escritores más grandes de la Argentina y casi te diré con proyecciones mundiales. Yo lo pongo a la par de los grandes escritores del extranjero y de Latinoamérica. Hay dos escritores de Latinoamérica que he tenido la suerte de leer, de admirar y de conocer, uno es Borges y el otro es Octavio Paz, que también me parece un gran escritor y que es un amigo entrañable mío. Los cuentos de Cortázar me gustaron mucho. Quedé muy deslumbrado con un libro que se llama Todos los fuegos el fuego”, manifestó este escritor.

Bianco pensaba que el arte de narrar consiste en sugerir, no en decirlo todo, de modo que el lector sea “intérprete o colaborador del artista, no un discípulo sumiso, ni un arrobado admirador”. Su pasión por la literatura lo llevó a indagar sobre los límites imprecisos entre el mundo imaginario y la vida concreta, entre invención y realidad.

Su escritura es prudente y medida; soslaya lo explícitamente confesional; a la vez, se apoya en hechos casi autobiográficos, con pleno conocimiento del límite entre lo histórico y lo ficcional. Un virtuoso en el manejo de la ambigüedad, la insinuación, los silencios, la mirada sesgada y la figura del “intermediario”: “en la trama siempre hay un intermediario, eso que los ingleses llaman go-between”, (…) “no soy nada narcisista, entonces he buscado siempre una figura más importante que la del narrador”, ha dicho el autor.

Un escritor que, si bien apuesta al argumento, sus virtudes no se reducen al manejo sutil de la trama y el enigma: Bianco se caracteriza por el uso de la ironía, como un sistema que oculta lo que dice y especula sobre lo escrito.

Noticia biográfica

José Bianco, nacido en la ciudad de Buenos Aires en 1908 y fallecido en la misma ciudad en 1986, cultivó la novela, el cuento y el ensayo. Incursionó también en el periodismo y en la traducción y se desempeñó como secretario de la revista Sur por veinticuatro años.

Comenzó su carrera literaria en marzo de 1929, con la publicación de cuento El Límite, en La Nación, en donde su estilo pulcro y elegante resulta ya evidente. Con posterioridad, publicó La Pequeña Gyaros en 1932, con el que obtuvo el Premio Biblioteca del Jockey Club. En 1941, en el número 85 de la revista Sur, apareció Sombras suele vestir (escrita originalmente para la antología de la literatura fantástica que realizaron Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares). También en Sur fue publicado Las Ratas, en 1943.

Entre 1961 y 1967, trabajó en EUDEBA, la editorial universitaria de Buenos Aires. En 1973 publicó La pérdida del reino, novela que tiene como protagonistas a la alta sociedad porteña y cordobesa y al ambiente artístico e intelectual de la París de posguerra. Esta obra se inscribe en la genealogía literaria que trazan Henry James y Marcel Proust.

Obra – Prosa: Sombras suele vestir y otros relatos. Ediciones Atalanta, Vilaür 2013. La pequeña gyaros. Cuentos. Neuaufl. Seix Barral, Barcelona 1994. La pérdida del reino. Novela. Ediciones B, Barcelona 1987. Las ratas. Novela. Seguido de “Sombras suele vestir“. Editorial Anagrama, Barcelona 1987. Sombras suele vestir. Novela. 1941.

Ensayo: La elección presidencial. Problemas y soluciones. Rosso, Buenas Aires 1928. Ficción y realidad. 1946-1976. Monte Ávila, Caracas 1977. Vidas de las instituciones políticas. Mendesky, Buenos Aires 1929.

Traducciones: José Bianco realizó notables traducciones de obras de Henry James, Jean Paul Sartre, Julien Benda, Ambrose Bierce, entre otros.

Sobre teorizadores  – Por José Bianco

La imaginación imita; el espíritu crítico inventa. Esta paradoja de Oscar Wilde que asimila el espíritu crítico a los géneros llamados creadores (novela, relato, poesía) considera la crítica literaria y la literatura de imaginación como dos funciones simultáneas y recíprocas de la inteligencia. Nos dice que la crítica es siempre provechosa a la literatura. Hasta cuando desvirtúa o limita su significado, ahonda la visión que un autor tiene de su propia obra (lo convierte en crítico de sus críticos) y exalta su fuerza: lo induce a rebelarse contra ellos; estimula en él esa fuerza realmente inventiva que le permite hacer el balance de sus posibilidades y combinar sorprendentes caminos de meditación. La crítica, decía Baudelaire, debe ser parcial, apasionada, política y hacerse desde un punto de vista exclusivo, pero desde un punto de vista que abra la mayor cantidad de horizontes posibles. Baudelaire, anticipando el Baudelaire de Sartre, insinúa que la crítica debe ser injusta.

No es frecuente que un novelista, acostumbrado a supeditar las ideas a personajes imaginarios, haciéndolas vivir en función de caracteres inventados, pueda manejarlas con rigor en su faz especulativa. Alberto Moravia, en nuestros días, es una excepción. No pretendo que un mismo escritor cultive con maestría dos géneros tan diferentes, pero sí pretendo que los géneros tan diferentes sean cultivados por igual en una misma literatura. Agreguemos: en una buena literatura. ¿No es un poco absurdo oír hablar de un país de ensayistas, o de un país de novelistas? Si tiene ensayistas, tendrá por fuerza novelistas. Y viceversa. Recordemos de nuevo la paradoja de Wilde. Donde no hay teorizadores, tampoco hay narradores, donde no hay crítica, no hay ficción.

(Este texto fue leído por el autor durante un ciclo de audiciones de crítica de libros emitidas por Radio Nacional en los años sesenta. Texto cedido por Juan José Hernández a la Biblioteca Nacional).