José Bianco, un misterio discreto

José Bianco, un misterio discreto, nota de Daniel Gigena para La Nación, destacada por Marcelo Sztrum

En noviembre de 2018 se cumplirán 110 años del nacimiento de José Bianco, cultor de una elegante ambigüedad literaria. Con solo tres libros publicados (si se excluye La pequeña Gyaros, volumen del que el autor rescató un solo cuento), y una trayectoria como secretario de redacción de la revista Sur en la mejor época de la publicación capitaneada por Victoria Ocampo (que lo despidió luego de que él viajara a Cuba en apoyo de los revolucionarios), Bianco, fallecido en 1986, persiste como un misterio de la literatura argentina. La escasa circulación de sus novelas perpetúa una invisibilidad que, en parte, congenia con los atributos literarios del escritor. Bianco fue autor del volumen de ensayos Ficción y realidad, que agrupaba artículos, algunos publicados en las revistas Sur y Nosotros y en la nacion. El escritor contaba que había comenzado a escribir de casualidad, luego de haber escrito una reseña de forma desinteresada.

“Si hay justicia literaria, ya que no hay justicia divina, creo que la obra de José Bianco, en lo futuro, subsistirá; será mucho más conocida y estimada, sobre todo, cuando obras más vistosas pero menos esenciales desaparezcan”, se ilusionaba el escritor mexicano Octavio Paz, premio Nobel de Literatura 1990, que, en la revista Vuelta, supo publicar textos de Bianco. A más de treinta años de la muerte del escritor argentino, ese momento no parece haber llegado todavía.

“Según el verso de Góngora que da nombre a ‘Sombras suele vestir’, uno de sus relatos más conocidos, José Bianco ha construido, ‘en su teatro sobre el viento armado’, una obra breve y de una eficacia literaria poco común en nuestra literatura -dice la ensayista Josefina Delgado, autora de Memorias imperfectas, donde le dedica un capítulo a Pepe, como lo llamaban los amigos?. Su lugar es el de un escritor de culto, siempre a punto de ser redescubierto, siempre abriéndose a nuevas lecturas”.

Su trabajo como secretario de la revista Sur durante más de veinte años vinculó a Bianco con el universo literario de Iberoamérica. “Se lo ha llamado escritor ?reticente’, el que no lo dice todo pero al mismo tiempo se explaya en las consideraciones sobre la trama y los vínculos entre los personajes. En sus obras hay situaciones trágicas, muertes, desencuentros. Sus narradores se asumen como escritores, aun cuando quieren evitarlo. Y eso era nuevo aquí. También lo era el cruce entre ficción y realidad, aunque no se acepte como literatura fantástica”, agrega Delgado.

En 1943, Bianco dio a conocer Las ratas, que llevaba un prólogo de Borges. “Es de los pocos libros argentinos que recuerdan que hay un lector: un hombre silencioso cuya atención conviene retener, cuyas previsiones hay que frustrar, delicadamente, cuyas reacciones hay que gobernar y que presentir, cuya amistad es necesaria, cuya complicidad es preciosa”, escribió el autor de Ficciones. En 1963, Luis Saslavsky llevó al cine ese drama de la endogamia y el secreto, con Alfredo Alcón y Bárbara Mujica en el elenco.

Pasaron muchos años para que Bianco diera a conocer su última obra de ficción, que recrea episodios autobiográficos en clave proustiana. En 1972 se publica La pérdida del reino. “Sabemos que tenía otras obras casi terminadas y quizás su timidez vestida de humor tenía que ver más bien con la poca fe en sus condiciones de escritor”, aventura Delgado. Esa obra, la más extensa en un conjunto discreto, anticipa cuestiones que la literatura contemporánea recién aborda en la actualidad, como los cruces entre realidad y ficción y la estilización de la sordidez en ambientes aristocráticos.

En los próximos meses, Eudeba publicará un nuevo libro de Bianco, Epistolario, que reúne su correspondencia con otros escritores fundamentales del siglo pasado, entre ellos Bioy Casares, las hermanas Ocampo, Enrique Larreta, Carlos Fuentes y Elena Garro. El volumen llevará un prólogo de Daniel Balderston.

Bianco fue también un traductor único, que dio a conocer a autores en versiones difíciles de superar. Se dice que fue él quien cambió la suerte del relato de James “A Turn of the Screw” al traducirlo como “Otra vuelta de tuerca”; muchas veces, su tarea como traductor se completaba con la del difusor de cultura en medios gráficos y editoriales. “Después de haber sido secretario de redacción de la revista Sur, empezó a trabajar como editor de Eudeba hasta su renuncia con la dictadura de Onganía -recuerda Jorge Fondebrider, poeta y traductor-. Luego fue un frecuente colaborador de Siglo XXI, cuando la editorial era dirigida por José Aricó. Allí tradujo, entre otros, a Stendhal, Paul Valéry, J.-P. Sartre, T. S. Eliot, Tom Stoppard, John Berger, Samuel Beckett, Roland Barthes, Simone de Beauvoir y Jean Genet. Las mismas cualidades que definen su obra narrativa (elegancia, tersura, sutileza e inteligencia) están presentes en sus traducciones y obligan a pensar que el del traductor no solo es un oficio, sino además un arte”. Hasta aquí, algunas razones para leer y releer al escritor que intuyó que incluso la literatura que parece alejada de cualquier intención ideológica conlleva, de manera tácita, una suerte de denuncia.