Stella, de Emma de la Barra

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Por Cristina Daniele

En 1905, una dama distinguida, detrás del seudónimo César Duayen, fue responsable de escribir el primer éxito editorial en el país: Stella. Novela que retrata con mirada crítica las costumbres de la época.

“Una sociedad que pretendía ser refinada y cosmopolita”

Stella apareció en Buenos Aires en 1905, en la primera tirada ni siquiera tuvo el seudónimo, corrieron distintas versiones sobre la identidad del autor y la obra se convirtió en un impacto editorial. El frenesí fue tal que el público agotó las nutridas pilas de libros exhibidos para la venta; al reeditarse le agregaron el seudónimo: César Duayen. Un tiempo después, la incógnita se develó por partida doble: el autor era mujer y de alto nivel social. Un periodista de El Diario, Manuel Lainez, fue el encargado de descubrir el misterio: “Corresponde a una bellísima dama, la señora Emma de la Barra”.

Stella llevó como título: Novela de costumbres argentinas, su historia bordea el realismo y lo romántico;  la sociedad de la época se destaca como uno de los personajes principales. La novela perduró por varias generaciones,  encuadrada entre la novela costumbrista y el folleto del “gran mundo”, cautivó por la simplicidad de caracteres. En ella se muestra a la ciudad como agente activo para la vida porteña y expone las miserias en la realidad cotidiana. Conquistó, además, con la naturalidad del relato y los diálogos frescos y dinámicos. La actual edición de Hyspamérica define a esta novela como  un “estudio casi periodístico de la Belle Epoque (…) testimonio insustituible de los hábitos y los sentires de una sociedad que pretendía ser refinada y cosmopolita”. Lo cierto es que en su trama seguimos las diferencias entre la educación para varones y mujeres, entre Buenos Aires y  los sajones, y esa diferencia hace que la protagonista (extranjera y educada en Noruega en un ambiente universitario) tenga una mirada crítica sobre el medio chato y provinciano de una sociedad porteña plagada de prejuicios y preocupada por el “qué dirán”.
Intencional o no, la novelista subraya las diferencias sociales e impone un cambio para el rol de las mujeres en la sociedad. En la trama de la obra plantea que, en ese momento, la identidad femenina estaba concebida sobre la base de la dependencia. Pintó la estructura patriarcal con mujeres sojuzgadas incluso en el ámbito familiar (por un lado, cerrado y estricto; por otro, el lugar donde se tejen todo tipo de pasiones, intrigas y luchas de poder por la política, los bienes y el amor). En Stella aparecen nuevos modelos de heroínas. Sus protagonistas son Alejandra (Alex), y su hermana Stella (a cargo de Alex por sufrir una invalidez). Una carta del padre de las jóvenes, Gustavo, presenta a las hermanas, encomendándolas al cuidado de su tío, hermano de la madre de las jóvenes. Así, Alex y Stella Fussler Maura se incorporan a la sociedad porteña a través de la familia materna.
La discapacidad de Stella hace que su hermana afronte la responsabilidad de cuidado y manutención. Alex  heredó del padre la naturaleza sana y vigorosa, “sino también su conformación moral e intelectual; su gran cerebro y su alma vasta”, por ello se erige como una heroína moderna: heredera del pensamiento científico del padre, lo lleva adelante, mientras las mujeres porteñas permanecen atadas al mundo de los chismes, las emociones y los romances. Alejandra frecuentó las cortes europeas, tiene el trato y los modales de la realeza, no acepta las costumbres de “los nuevos ricos”, contrapone su educación a la superficialidad que percibe en el trato diario. Por eso enfrenta la incomprensión y la hipocresía de la moral porteña, por ejemplo, la descripción de la tía política: “Carmen Quirós (…) naturaleza sobria y fría (…) su inteligencia estrecha como su moral y su religión, de principios severos e intransigentes, de una virtud poco amable como su caridad, llena de prejuicios, sólo conocía un terror: los comentarios del mundo.”
De la Barra también muestra la visión de las diferentes clases sociales, “Nuestra aristocracia de lujo y de dinero, que estirada y compuesta ocupa en todas partes, por derecho divino, el sitio privilegiado; frente a frente el más numeroso y casi elegante ‘término medio’ que se divierte y sabe divertirse; abajo, la multitud anónima, dividida a su vez entre los que encuentran su diversión en mirar, con la boca abierta, divertirse al rico, y que existe para envidiarlo.”
Pasados apenas cinco años de su aparición, llevaba más de veinte reediciones y varias traducciones, destacándose la del idioma italiano en 1908, cuya edición prologó Edmundo de Amicis, con expresiones elogiosas: “Tiene una destreza y una seguridad de tonos admirables en el trazado de las figuras”, “La autora es una retratista excelente (…) Tiene una destreza y una seguridad de tonos admirables en el trazado de las figuras.”
Lo cierto es que plantea temas aún hoy no resueltos. Tanto sociales como personales: la dificultad para comunicarse, los malos entendidos, la hipocresía, la calumnia. Para su tiempo, Emma de la Barra fue una revolucionaria, vivió libremente en busca de la libertad de otras, de la clase social que fuesen. Su historia instala  a las mujeres en el espacio público, a través de la ficción De la Barra se adelanta, caracterizando a los personajes femeninos con roles activos en la vida familiar y en la actividad pública mientras sostienen propuestas reivindicadoras del papel femenino en la sociedad. Además de mostrar las dificultades para entenderse cuando rigen los prejuicios y la injuria es moneda de cambio.

Una vida de novela

Nació en Rosario en 1861, en el seno de una familia acomodada (su padre fue Federico de la Barra – periodista, fundador de La Confederación, primer periódico rosarino y político, en ese entonces senador por Santa Fe – y su madre la dama de sociedad cordobesa Emilda González Funes), se llamaba Emma de la Barra y se trasladó con la familia a Buenos Aires siendo niña. Años más tarde, se casó con un tío paterno, Juan de la Barra.
En la capital porteña desarrolló sus talentos artísticos, encaminados hacia la música y la pintura. Fue el medio propicio para poner en marcha diversas iniciativas: la fundación de la Sociedad Musical Santa Cecilia; la primera escuela profesional de mujeres; la Cruz Roja, que fundó en unión de Elisa Funes de Juárez Celman; en 1893 organizó con Delfina Mitre de Drago la exposición de obras de arte y joyas, con fines benéficos. Con el marido tuvieron el proyecto de construir un barrio obrero en Tolosa, donde funcionaban los talleres ferroviarios. Habilitado en 1882, el grupo de edificaciones, que abarcaba dos manzanas, fue conocido como “las mil casas”, de las que aún quedan algunos vestigios. Emma proyectó allí una escuela, teatro e iglesia, pero fracasó económicamente y perdió casi toda su fortuna.
Enviudó y permaneció recluida como se acostumbraba entonces, a partir de 1904 se entregó de lleno a la literatura. Según refirió en un reportaje, escribió Stella en pocas semanas, y la dio a la imprenta en forma anónima, el éxito fue inmediato: en tres días se agotaron mil ejemplares. En dos meses se vendieron nueve mil. César Duayen cotizaba y le pagaron un adelanto de cinco mil pesos por seis mil ejemplares de su próxima novela, que se llamó Mecha Iturbe (aunque no alcanzó el éxito que había tenido la anterior). Pero el célebre Duayen no tenía cara ni voz, hubo quienes trataron de hallar al hombre detrás del nombre. En el diario La Prensa apareció “un caballero inglés” ofreciendo quinientas libras “por los originales de puño y letra del autor de Stella, famosa novela de actualidad“.
Mientras tanto, Emma de la Barra se casó de nuevo, con el escritor de folletines Julio Llanos, quien tuvo la idea de organizar un concurso que premiara al lector que develara la identidad de César Duayen (para ese entonces Stella era en best-seller).  Llegó la Primera Guerra Mundial y Llanos escribía las crónicas para el diario La Nación, aunque se dice que no siempre fueron escritas por él, parece que Emma solía hacerse cargo de los textos, sin que nadie percibiera el cambio de manos. Años después, Julio Llanos publicó esas crónicas recopiladas en un libro dedicado a su esposa.
Años más tarde Emma publicó su tercera novela, Eleonor, que apareció en la revista El Hogar bajo la forma de folletín (1933) y luego como libro (editada por Tor). Una novela para adolescentes, El Manantial (1908), que le publicó la Editorial Estrada. También en Tor salió la novela La dicha de Malena (1943), volumen en el que se incluía el cuento El beso aquél que publicó antes El Hogar.
Adaptó sus obras para el cine y colaboró en diarios y revistas. En 1944, con guión de Ulyses Petit de Murat, Stella llegó a la pantalla grande. Fue la puerta a la fama de su protagonista: Zully Moreno.
En 1933 Emma de la Barra dio un reportaje en el que hablaba de la famosa Stella, y explicaba lo que le resultaba obvio:”Hace un cuarto de siglo las mujeres ocupábamos una situación especialísima dentro del ambiente social. No se concebía la posibilidad de que transpusiera los límites del hogar sin que violara los más elementales preceptos de su organización. Cómo iba a atreverme a firmar una novela? Qué esperanza! Era exponerme al ridículo y al comentario…”
Fue celebrada como escritoras por diversos autores de la época, por ejemplo Gabriela Mistral, quien le dedica el poema La oración de la maestra (1925). Emma de la Barra murió en Buenos Aires en 1947.

Obra
1905 – Stella
1906 – Mecha Iturbe
1908 – El manantial
1917 – Cartas materiales
1933 – Eleonora
1943 – La dicha de Malena

De acuerdo a las investigaciones del histo

riador Wladimir C. Mikielievich, en su Diccionario de Rosario: “La novela Stella de César Duayen, seudónimo de Emma de la Barra, nativa de Rosario, es considerada la novela más leída en la primera mitad del siglo actual (XX). Arnoldo y Balder Moen la editaron en 1905, vendiendo 12.000 ejemplares, el diario La Nación hizo una edición de 20.000 y el editor Maucci le siguió con otra de 30.000″.